
Andanada del siete
El éxito estaba
hoy asegurado allá arriba incluso aunque
El Cid no hubiese salido a hombros. Por ser fin de feria,
varias damas tuvieron a bien convidar al andanadismo militante
a deliciosos manjares de sus tierras de procedencia: empanada
santiaguesa de bacalao, hojaldres madrileños de morcilla,
crespillos de Lorca y, como colofón, quesada montañesa
preparada a la antigua usanza cántabra, todo ello
regado con un estupendo caldo riojano.
Mas no piense el
lector que los andanadistas perdían ripio
del festejo. De eso nada, pues son cabales aficionados y
consumados contorsionistas, muy capaces de tener un ojo
en el ruedo a la vez que mastican un trozo de quesada, sirven
vino al de detrás, pasan la bandeja de los crespillos
al de al lado y solicitan del matador a gritos que deje
al toro de largo durante el tercio de varas.
Así fue la feria en
la andanada del siete, y así se la contamos. Un soneto
me manda hacer Violante...
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