
Andanada del siete
Lo mejor de los días
de rejones es cambiar de ambiente. Hasta en la andanada
se nota la diferencia. Cuando hay caballos, los abnegados
aficionados nos ponemos los "Lotusse", el cinturón
de lona a rayas y nos sumergimos en el olor a kikos y a
“chuches” de los niños. Por una vez,
dejamos en casa el estrés de la exigencia y del análisis
exhaustivo de todo lo que se menea y nos prestamos al disfrute
del espectáculo. Fundidos en su apacible ambiente
dejamos atrás los gritos típicos de las corridas
de a pie y lo percibimos todo de color de rosa. Hasta hacemos
el acompañamiento a las palmas. El objetivo: demostrar
que si un rejoneador no es capaz de animarnos, nosotros
estamos dispuestos a animarlo a él.
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