
Andanada del siete
Javier no estaba
en su sitio. El trabajo no le permite acudir a
la plaza a diario y, aunque su querencia habitual es la
andanada, a veces los compromisos le tienen guardada una
elegida localidad de sombra. Como hoy. La señora
Antonia, que anduvo controlándolo
toda la tarde con unos mega-prismáticos, no lo divisó
con su típico puro ni una sola vez. “A
mí me atufa a diario –se queja- pero,
claro, ya se sabe que donde hay confianza…”
Esta tarde los amigos lo han echado de menos. Protestar
sin el acompañamiento ensordecedor de sus silbidos
no tiene color.
Sale el segundo de
la tarde, Ponce lo recoge y al
pasar al tercio de varas su picador se dispone, ufano, a
hacer la suerte. Mas, como suele ser habitual, no da en
el blanco. “¡Qué Florito les dibuje
a los toros una diana en el lomo!”, aconseja
alguno.
Y ya, de vuelta a casa, un buen hombre
contaba en el metro cómo la policía esposó
y tumbó al suelo a un presunto reventa que se negó
a colaborar con los agentes. En ese momento, me vino a la
cabeza la infortunada historia de la vecina de localidad.
Aquella que trataba de las peripecias de una pobre mujer
a la que también trincó la pasma sin mayores
consecuencias sólo que, entonces, fue contando el
dinero que debía devolverle a una señora a
la que previamente le había colocado una entrada
a su precio. Ahora comprendo que, tal y como está
el patio, más que caerle un muerto se le apareció
la Virgen.
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