Miércoles, 18 de mayo de 2005
Corrida de toros
8ª de la Feria de San Isidro
 
 
 
Cinco toros de Alcurrucén, uno más devuelto. Un sobrero de Antonio López
Nº 171, Codicioso, colorado, 535, 4/01
Muy soso. Sin casta.
Nº 62, Afectuoso, castaño, 580, 10/00
Noble y fijo en la muleta. Respondió a la distancia que le dio su matador. Palmas.
Sobrero de Antonio López
Nº 1, Joconsillo, cárdeno bragado, 548, 11/99
Manso, rajado.
Nº 113, Tamborilero, tostado chorreado, 548, 10/01
Muy noble. Un tanto parado y tardo.
Nº 147, Barbudo, colorado bragado, 595, 4/00
Noble, aunque manso y con la cara alta al final del muletazo. Este defecto se le acentuó al final de la faena. Palmas.
Nº 58, Escritor, negro, 535, 1/01
Mirón y con medio viaje. Manso,

Estocada
Oreja

Pinchazo y estocada
Oreja

Picadores Luis Miguel Leiro y Luis Manuel Viloria
Banderilleros Gustavo Adolfo García, Miguel Cubero y david Saugar "Pirri"

Cuatro pinchazos y estocada
Silencio

Tres pinchazos y estocada
Dos vueltas al ruedo

Picadores Luis Alberto Parrón y José Manuel Espinosa
Banderilleros "Jocho", "Alcalareño" y Julio López

Estocada desprendida
Silencio

Pinchazo y estocada
Saludos

Picadores Manuel Vicente y Francisco Tapia
Banderilleros Martín Blanco, Jose Manuel Zamorano y Juan Andrés Gonzalo.

César Rincón a hombros y “El Cid” vuelve a pinchar
a las puertas de la gloria


César Rincón

César Rincón sale por la Puerta Grande después de cortar una oreja de cada uno de sus toros. “El Cid” estropea con la espada una sensacional faena de dos orejas. Eduardo Gallo confirmó la alternativa con el peor lote de una corrida variada en el juego de Alcurrucén.

Emocionante. Los aficionados que llenaron la Plaza de Las Ventas vivieron una emocionante tarde de toreo. Llegaron los toreros serios, hechos al abrigo de sus actos en el ruedo y la plaza crujió sincera, alternando los olés pletóricos con los profundos silencios. César Rincón dio dos lecciones magistrales con dos toros muy distintos. Puede que no fueran faenas perfectas, pero en lo hecho por César Rincón se compendia buena parte del toreo eterno. “El Cid” salió andando de la plaza, pero llevó la felicidad completa a 23.800 almas. Es difícil torear mejor, sacar más partido del toro que tenía delante. “El Cid” y Rincón, dos toreros de una pieza, pusieron boca abajo la plaza más dura del mundo, la más cruel, la más antipática; eso dicen. Sólo necesitaron que sus toros medio embistieran y recoger esos viajes con la sabiduría que templa sus muletas. Tres faenas sensacionales que construyeron, a la octava, la primera gran tarde de toros de esta feria.

César Rincón volvió a donde parecía imposible que volviera. La Puerta Grande de Madrid se le abrió para premiar su concepto del toreo. Esa forma de recoger los toros delante, conducirlos enganchados a la muleta, soltarlos donde el torero manda y dejar la franela presta para volver a empezar. Lo hizo así en el segundo, ligando los pases, tirando con poder del toro, conquistando al público, deseoso de reencontrarse con uno de sus héroes. Mató a la primera después de explicar algunas verdades eternas del toreo.


"El Cid"

El cuarto, paradito, tardo, no parecía un toro para enloquecer, pero Rincón tiró de capacidad, de buena colocación y cites perfectos para exprimir a un oponente que parecía que no existía. La plaza, loca, se rindió a la seriedad del toreo de César, que enseñó, para todos los jóvenes que la quieran aprender, otra lección. Citó a recibir para culminar de modo brillante su tarde, pero pinchó. Enterró la espada al segundo intento. Inútil es ya perder el tiempo cavilando sobre el valor de la oreja, porque la tiene en el esportón y le abrió una Puerta Grande que nadie puede discutir.

Y luego llegó “El Cid”, después de estrellarse con un sobrero, para rematar una tarde casi milagrosa, en la que nos reencontramos con lo más hermoso de la fiesta. Dispuesto, enrabietado y consciente de que, por su capacidad, es la mayor figura actual del toreo, “El Cid” cuajó a un toro manso de principio a fin. A pesar de que el de Alcurrrucén afeaba los muletazos con su manía de llevar la cara alta, “El Cid”, espoleado por su afición que lo jaleaba, creció hasta recrearse en pases lentos y templadísimos; soberbio. Empezó toreando con la derecha y terminó cosiendo naturales hondos, uno tras otro, que agotó cuando al toro ya no le quedaba nada dentro. Se adornó con gallardía, gustándose en pases por bajo profundos, que dejaron al enemigo listo para la muerte. Ésta, traidora, no acudió a la hora a la cita. “El Cid” necesitó cuatro intentos para acertar con la espada. Lo grande estaba hecho y el público lo animó a dar la vuelta al ruedo cuando la rabia no quería dejarlo salir del burladero. Dio una vuelta aclamado: ¡Torero!. Otra más: ¡Torero, torero!.


Eduardo Gallo

Y Eduardo Gallo, en medio de este vendaval, confirmó la alternativa con un toro soso. Ninguno de los dos dijo nada. Salió caliente en el sexto, para no perder la partida. Asentó las zapatillas en un quite por tafalleras y también en sus intentos por encontrar algo lucido con la muleta. No lo consiguió, pero no pasa nada. Ha sido testigo de la actuación de dos maestros de la tauromaquia. Si es inteligente, habrá tomado nota del camino que lleva al éxito verdadero: muleta delante, mando, hondura y sinceridad, sobre todo sinceridad. Rincón y “El Cid” han demostrado que la tauromaquia que vale es la añeja, la que va haciendo a los toreros sin prisas, ajeno su crecimiento al de las alucinantes velocidades del mercado. Eduardo: Rincón y “El Cid” son el ejemplo.

Juan Pelegrín

Picadores Sin apuros para los picadores en una corrida a la que no se le pegó mucho.  
Banderilleros Lucieron por encima de los demás "Jocho", Gustavo Adolfo García y José Manuel Zamorano.



La tarde tras el objetivo
 


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